LA SIRVIENTA
Vendrás a mí, como siempre, envuelta en el silencio de tu cansancio, con tu aroma de cebollas y lavandina en los dedos, con tu sonrisa de coral y azúcar, buscando en mis brazos la tibieza de otra tarde. Y nos iremos juntos, tocándonos las manos, caminando por las veredas anónimas del pueblo, mientras mi bicicleta irá rodando su celo a nuestro lado y las sombras vendrán a la distancia lamiendo nuestras huellas.
En la plaza, buscaremos el banco de siempre y allí instalaremos el estremecimiento de nuestra ternura, mientras los últimos pájaros buscarán refugio entre los árboles y una constelación de faroles se encenderá a nuestro alrededor. Entonces miraré en silencio la humedad de tus ojos, hundiré en la noche de tus cabellos mis dedos todavía manchados de cal, secaré una a una tus lágrimas con mis besos y te nombraré mi reina para siempre. Qué importa, mi vida, que tu patrona haya comentado a su vecina, entre irónica y medieval, que el sujeto que merodea la puerta de servicio “es el peor es nada de mi sirvienta”. Cuando sea realidad el castillo que soñamos y sea nuestro el príncipe que la habite, ya no necesitarás volver a la sombra de esa casa con fachada de paraíso y corazón de infierno.
Santos Vergara
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